Se sientan a nuestra mesa, hablan de moralidad, beben las mejores bebidas, comen los mejores manjares, se acuestan con variadas chicas lindas y hasta nos restriegan en la cara: “¡vamos, vamos, que este es un país de corruptos!”. ¿Qué quieren? A esta altura de mi vida, me niego a aceptarlo. No somos todos iguales.
Necesitaremos mucho
tiempo y una inmensa purga.
De verdad: no será fácil sacarse de la cabeza tanta mugre acumulada.
Llevamos décadas inventando un mundo de facilismos.
Un mundo de fantasía que de a poquito va minando nuestras fuerzas como sociedad.
Que nos hace vulnerables.
Y que fue creado de a poco por monos sabios que experimentaron en nuestras pieles sus
teorías más alocadas.
Así un día a alguien se le ocurrió
que era bueno que los chicos vivieran de noche.
Y nosotros, padres modernos,
formados con las más futuristas técnicas psicológicas, dijimos: ¡Y bueno, son jóvenes; tienen que
vivir!
Y allí
fueron chicos y chicas de 15 años, saliendo a bailar a la 1 de la mañana para,
tras hacer “la previa” de alcohol, llegar a las
Mamá y papá duermen plácidamente.
Padres modernos, saben que “si todos lo hacen por qué no lo van a hacer mis hijos”.
Una opinión distinta a la de los médicos de urgencia que saben que en las madrugadas de los fines de semana se multiplica geométricamente la cantidad de chicos con sobredosis de alcohol y drogas. Y el número de muertos y heridos en accidentes de tránsito.
Naturalmente, mientras los padres modernos duermen
plácidamente, hay hombres grandes que ganan mucho dinero en ese mundo de
jovencitos noctámbulos.
La noche es sólo un ejemplo.
Llevamos años en los que modernísimos pedagogos nos han metido en la cabeza que todo es igual y que hay que igualar a la humanidad.
No es cierto.
No es igual lo auténtico de la imitación.
No es igual el que estudió que el que no lo hizo.
No es lo mismo el trabajador que el vago.
No es lo mismo el responsable que el irresponsable, el honesto que el deshonesto, el que llegó por méritos al que lo hizo por acomodo.
No es igual el que ahorró que el que pasó la vida dilapidando dinero.
No pueden ser iguales el que se enriqueció de la noche a la mañana que el que se pasó la vida trabajando.
Ya lo decía Discepolo hace casi
un siglo: los inmorales nos han
igualado.
Se sientan a nuestra mesa, hablan
de moralidad, beben las mejores bebidas, comen los mejores manjares, se acuestan
con variadas chicas lindas y hasta nos restriegan en la cara: “¡vamos, vamos, que este es un país de
corruptos!”.
¿Qué quieren?
A esta altura de mi vida, me niego a aceptarlo. No somos todos
iguales.
Nos
hablaron tanto de igualdad que nos hicieron creer que debíamos ser amigos y
confidentes de nuestros hijos y compinches de nuestros nietos.
Debemos, si, tener buenas relaciones con ellos, ganarnos su confianza, apoyarnos mutuamente y respetarnos en nuestros roles. Pero sin olvidar nuestra función de padres de nuestros hijos y abuelos de nuestros nietos.
Entendámoslo: si somos amigos, los dejamos huérfanos.
Y nuestros hijos necesitan padres. Los amigos los buscan ellos.
Nos metieron en la cabeza que es
lo mismo el maestro que el alumno, que era moderno que se tutearan, que
discutieran los conocimientos.
¡Barbaridades!
El maestro enseña y el alumno aprende.
Y dentro de un nivel de exigencia riguroso.
¿Quién dijo que la educación debe ser
fácil?
¿Quién inventó la mentalidad de que los padres tienen derecho a tomar una escuela porque hay un vidrio roto o falta lavandina?
¿Quién les metió en la cabeza que es sólo responsabilidad del Estado la educación de nuestros hijos?
Dejémonos de
estupideces.
Como la estupidez de creer que no
hay que calificar a los alumnos porque eso puede traumatizarlos…
¡Como si en el mundo real y en cualquier
sistema político y sea cual fuere el país donde vivan no tendrán que
competir!
La educación no puede nivelar para abajo.
Debemos buscar la excelencia educativa en todos los niveles.
Con docentes bien formados y actualizados. Y con alumnos dispuestos a estudiar.
Y ambos teniendo en claro sus derechos y obligaciones.
Chicos que no comprenden lo que
leen o que no tienen redacción propia, docentes que no se actualizan, desprecio
por las herramientas tecnológicas que ya están impuestas en el mundo,
presupuestos que sólo se destinan al pago de salarios, constituyen realidades que vamos a pagar
muy caro como sociedad.
Pero sigamos.
Nos han hecho creer que los
derechos de las víctimas valen
menos que los del delincuente, que la vida de un asesino es más importante que
la del policía, que los derechos sectoriales valen más que los generales y que diez personas con un cartel pueden cortar
una calle mientras veinte policías los cuidan y 50 mil ciudadanos no pueden
circular.
Estamos tan extraviados que hemos
llegado a creer que en nombre de la autonomía universitaria las
universidades podían convertirse en
islas ajenas a la realidad del país. Un coto donde un alumno puede demorar 15
años en recibirse, donde un 60 por ciento deserta en el primer año, donde poco
sabemos sobre lo que dicen investigar pues nada se edita y donde los egresados
no tienen responsabilidades con las universidades ni con el Estado que los formó
gratuitamente siendo que el 95 por
ciento de la población que financia esos estudios nunca pudo pisar una
universidad.
El resultado está a la vista.
Entremezclados con los profesionales serios hay abogados que creen que la justicia es una ficción y lo que importan son las argucias legales, médicos que atienden un paciente en cinco minutos, contadores especializados en evasión de impuestos, periodistas que creen que la libertad de prensa sólo sirve para tener más privilegios, funcionarios que llegan a pensar que el Estado son ellos.
Basta por hoy.
Con estas líneas alcanza para ganar varios
enemigos.