En Recuerdos de Provincia, Domingo Faustino Sarmiento dedica un capítulo a describir cómo vivía una rica dama sanjuanina. El texto adquiere importancia porque es uno de los pocos en los que se hace mención al papel de los esclavos. Pero más aun porque describe la forma como una familia rica “asolaba” su dinero una o dos veces por año para evitar que el moho destruyera los billetes. Esta es la historia.
En Recuerdos
de Provincia, Domingo Faustino Sarmiento dedica un capítulo a describir cómo
vivía una rica dama sanjuanina. El texto adquiere importancia porque es uno de
los pocos en los que se hace mención al papel de los esclavos. Pero más aun
porque describe la forma como una familia rica “asolaba” su dinero una o dos
veces por año para evitar que el moho destruyera los billetes. Esta es la
historia.
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“Hay
pormenores tan curiosos de la vida colonial que no puedo prescindir de
referirlos. Servían a la familia bandadas de negros esclavos de ambos sexos. En
la dorada alcoba de doña Antonia Irarrazabal, dormían dos esclavas jóvenes para
velarla el sueño.
A la hora de
comer, una orquesta de violines y arpas, compuesta de seis esclavos, tocaba
sonatas para alegrar el festín de sus amos.
Y en la noche
dos esclavas después de haber entibiado la cama con calentadores de plata, y
perfumado las habitaciones procedían a desnudar al alma de los ricos faldellines
de brocato, damasco o melania que usaba dentro de casa, calzando su cuco pie
media de seda acuchillada de colores, que por canastadas enviaba a repasar a
casa de sus parientes menos afortunadas.
Que en los
grandes días las telas preciosas recamadas de oro que hoy se conservan en
casullas en Santa Lucía daban realce a su persona, que entre nubes de encaje de
holanda, abrillantaban aun más sarcillos enormes de topacios, gargantillas de
coral, y el rosario de venturinas, piedras preciosas de color café
entremezcladas de oro y que divididas de diez en diez por limones de oro
torneados en espiral, y grandes como huevos de gallina, iba a rematar cerca de
las rodillas en una grande cruz de palo tocado en los Santos Lugares de
Jerusalén y engastada en oro e incrustrada de diamantes.
Aun quedan en
las antiguas testamentarias, ricos vestidos y adornos de aquella época que
asombran a los pobres habitantes de hoy, y dejan sospechar a los entendidos, que
ha habido una degeneración.
Montaba a caballo con frecuencia, precedida y
seguida de esclavos para dar una vista por sus viñas, cuyos viejos troncos vense
aun en las capellanías de Santa Lucía.
Una rara
faena
Una o dos
veces al año tenía lugar en la casa una rara faena
Cerrábanse
las gruesas puertas de la calle, claveteadas de enormes clavos de bronce, y
poníanse en incomunicación ambos patios, para apartar a la familia menuda.
Entonces,cuéntame mi madre que la negra Rosa, ladina y curiosa como
un mico, la decía en novedosos cuchicheos:
-¡Hoy hay
asoleo!
Aplicando con tiento en seguida una escalera
de mano a una ventanilla que daba hacia el patio, la astuta esclava alzaba a mi
madre, aun chicuela, cuidando que no asomase mucho la cabeza, para atisbar lo
que en el gran patio pasaba. Cuan grande es, me cuenta mi madre, que es
la veracidad encarnada, estaba cubierto de cueros que tendían al sol en gruesa
capa pesos fuertes ennegrecidos, para despejarlos del moho.
Y dos negros viejos que eran depositarios del tesoro, andaban de cuero en
cuero removiendo con tiento el sonoro grano.¡Costumbres patriarcales de aquellos
tiempos, en que la esclavitud no envilecía las buenas cualidades del fiel
negro!
Yo he
conocido a tío Agustín, y a otro negro Antonio, maestro albañil, pertenecientes
a la testamentaría de don Pedro del Carril, el último rico hombre de San Juan,
que guardaban hasta 1840 dos tejos de oro Y algunas pocas
talegas.
Fue la manía
de los colonos atesorar peso sobre peso, y envanecerse de ello. Aun se habla en
San Juan de entierros de plata de los antiguos, tradición popular que recuerda
la pasada riqueza, y no hace tres años que se ha excavado la bodega y patios de
la viña de Rufino, en busca de los miles que ha debido dejar y no se encontraron
a su muerte. ¿Qué se han hecho, ¡oh, colonos!, aquellas riquezas de vuestros
abuelos?