Nunca se es suficientemente mayor cuando llega la vejez. De pronto miramos alrededor y, como decía mi padre, nos vemos en primera línea.
Nunca se es suficientemente mayor cuando llega la
vejez.
De
pronto miramos alrededor y, como decía mi padre, nos vemos en primera
línea.
Ya
los viejos partieron y aunque nos miremos al espejo y nos digamos:
“decime,
Juan Carlos,¿ cuándo vas a comenzar a envejecer?”,
íntimamente escuchamos doblar las campanas.
Digámoslo
claramente: la vejez no es la muerte. Pero convengamos: es un valor de escasa
cotización.
Los
médicos mienten tanto como los futurólogos.
Dicen
que el hombre vivirá un siglo.
Y
ponen como prueba cuánto ha aumentado la expectativa de
vida.
En
100 años pasamos de una expectativa de 45 años a una de 75. Y en los países
desarrollados ya casi alcanza los 85.
Esto
es una verdad a medias.
Y como toda media verdad, hay que tomarla con pinzas.
Si
hace un siglo un hombre o una mujer sobrevivían a las infecciones, a la picadura
de una araña, a la patada de un caballo o a una certera puñalada por un asunto
de polleras, esa persona también llegaba
a los 80 o 90 años.
Lo
que subió es el promedio.
Más
que por los adelantos médicos o por mejoras en la constitución física de los
humanos, por todo lo que tiene que ver con la salud pública: mejor nutrición,
agua potable, cloacas, más confortables viviendas, mejores condiciones de
trabajo.
Pero
el hombre sigue siendo el mismo.
Y con los años el corazón se cansa de bombear, las arterias se taponan, los huesos se hacen más endebles, la piel pierde su lozanía y el sexo se va adormeciendo.
Vamos
perdiendo nuestra capacidad visual y auditiva, aumenta la presión arterial,
descubrimos una glándula llamada próstata que pasa a ser una enemiga de cuidado
y hasta la líbido, otrora motivo de orgullo machista, pasa a segundo
plano.
Pero
no todo pasa por lo físico.
La
vejez también se mide en ausencias.
A
determinada altura de la vida, más que mirarnos en un espejo preferimos hacer un
inventario de existencias.
Hemos
renunciados a nuestros instintos.
Y
cuando miramos alrededor y nos vemos en aquello que mi padre llamaba la “primera
línea familiar”, comprendemos que la vejez pronto llegará.
Es
entonces cuando nos preguntamos:
-¿Estás
seguro que aquellas certezas que nos acompañaron, que nos tuvieron como afanosos
protagonistas, no eran una equivocación?
¿Cuántas
de tus batallas cuentan realmente en tu historia? ¿Cuáles de tus valores se
mantuvieron incólumes? ¿Cuántos guiños que te hizo la vida los dejaste seguir de
largo aunque el corazón o la piel los reclamara?
¿Cuántas
de las cosas que acumulaste –bienes, prejuicios, pautas culturales- mantienen su
valor?
La
vejez es un territorio de dudas. Nunca sabremos lo que hemos ganado o lo que
perdimos
Casi
sin darte cuenta adviertes que estuviste encerrado en tu trabajo, cumpliendo con
tu deber, intentando no ofender las buenas costumbres, preso de tabues que nos
vienen de lejos, pendiente del juicio de tus padres, de tus hijos, de tu mujer,
de tus amigos, de la sociedad.
Y
cuando crees que has ganado el derecho a subir al pedestal, caes en la cuenta
que poco importa si fuiste generoso
o avaro, coherente o acomodaticio, casto o promiscuo.
Para
mal o para bien, nadie se molesta en juzgarnos, por la simple razón que a nadie
importa lo que hacemos o lo que hicimos.
Y
lo que es peor: ni siquiera nosotros merecemos perder el tiempo en juzgarnos.
Dicen
que en ese momento de balance el pasado
vale más que el futuro.
El
hombre hace cuentas consigo mismo y sabe si vivió en el
paraíso o en el infierno.