No hace falta agregar más. No es necesario sufrir taquicardias. De jóvenes intentamos, siempre, explicar la vida. Ya de grandes comprendemos que no es necesario. Mejor dicho, llegamos al convencimiento de que la vida no se puede explicar. No existen palabras para explicarla, no hay recetas que nos vayan guiando paso por paso, no se ha escrito aun un libro de autoayuda confiable

No hace falta agregar más.

No es necesario sufrir taquicardias.

De jóvenes intentamos, siempre, explicar la vida.

Ya de grandes comprendemos que no es necesario.

Mejor dicho, llegamos al convencimiento de que la vida no se puede explicar.

No existen palabras para explicarla, no hay recetas que nos vayan guiando paso por paso, no se ha escrito aun un libro de autoayuda confiable.


Nadie sabe en qué momento comprendemos esa verdad.

Debe ser cuando la soberbia juvenil deja paso al hombre maduro.

Cuando las verdades absolutas huyen despavoridas ante la duda eterna.

A partir de ese instante tiramos por el inodoro nuestro perfecto manual de filosofía todo terreno.

Y, simplemente, buscamos la vida en la memoria.

La buscamos con los cinco sentidos que nos describen los manuales de anatomía.

Y también con los otros cinco o seis que, sospechamos, existen aunque no los desarrollemos.


Claro, no es fácil internarse en los vericuetos de la memoria.

Seguramente nos encontraremos con una señora que se llama melancolía.

La melancolía no es la más fértil de las sensaciones.

Pero vive con nosotros.

Si somos capaces de convivir con la melancolía y también con su hermana, la nostalgia, nos encontraremos con un tesoro inmenso.

Ocurre que la memoria guarda más imágenes de las que sospechamos.

Así, cada tanto, aparece la madre planchando o esperando con leche tibia y pan con manteca nuestro regreso de la escuela.

Aparece el padre, aun joven, volviendo del trabajo.

Se suceden las imágenes.

Un San Juan con baldíos que dejó el terremoto, los abuelos inmigrantes que aun conservaban sus idiomas de origen, las señoritas que fueron nuestras maestras, los sabañones que en invierno martirizaban nuestras orejas.

Y allí está, seguramente, la piba del barrio que a los 12 años nos enloqueció con sus trenzas y sus pecas.


Es así.

¡Tantas cosas guarda la memoria!

Nunca olvidaremos las fotos de Brigitte Bardot, Marilyn Monroe o Isabel Sarli, imaginarias compañeras de nuestra mano derecha.

Ni tampoco el cigarrillo fumado a escondida de los viejos.

Muchos menos el momento cuando ¡por fin!,  llegó la vez primera y a los 15 años una mujer nos hizo hombres.


Igual que en la inviolable caja negra de los aviones, en la memoria quedaron grabadas las pruebas de que venimos de lejos.

Así lo certifican las películas de Cantiflas y Sandrini en blanco y negro, los “westerns” con diligencias y muchachos buenos que se batian a duelo con los malos, los bailes de carnaval en la Libanesa, con la música de Palito o Los Iracundos…

Y las distancias inmensas. ¡Qué lejos quedaba el centro para un chico que vivía en Trinidad! Y qué pequeños eran nuestros pasos…


Es así.

La memoria guarda más imágenes de las que sospechamos.

Sólo allí encontramos la carretela del lechero y la del panadero, las películas que nos gustaron, los zapatos del payaso del circo que pasó por la ciudad, el tren que con su locomotora resoplando entraba cada mañana a la estación…

Y están los olores que distinguían cada casa. Porque el olor a comida era distinto en cada casa, de acuerdo al origen de sus moradores.

Y están también los sabores, tan distintos de los actuales. Aun no pronunciábamos palabras como delivery, conservantes, grasas saturadas, colesterol.

Y el tacto: aun guarda la mano la sensación que dejó la patadita del hijo por nacer a través de la panza de su madre.


Todos los sentidos guardan recuerdos en la memoria.

Allí están las voces que nos acompañan desde siempre en la radio primero, en la televisión después. Y nos vuelven a traer la música, las noticias, el fútbol.

Nos cuentan –y volvemos a vivirlo- que el hombre llegó a la luna, que apareció una píldora para que las chicas no queden embarazadas, que los estudiantes querían cambiar el mundo un mes de mayo en Paris, que los cordobeses se mandaron un movimiento popular que conmovió a los adustos militares emborrachados de poder.

Esas voces ya hablaban de muchachos jóvenes que se llamaban Serrat, Cortez, los Quilla Huasi, Los Fronterizos, Darienzo, The Beatles y que también se agregarían a la memoria, transformada en maravillosa cajita musical.


¿Ve por qué es imposible explicar la vida?

¿Cómo se explica un beso enamorado si es totalmente distinto a los otros besos?

¿Quién conoce la temperatura exacta del biberón que preparamos para nuestro primer hijo?

¿Qué psicólogo puede hablarnos del momento en el que tras superar la edad del pavo y luego de ser padres nosotros, descubrimos que nuestro padre volvía a ser el ídolo que fue cuando éramos niños?


Están también los momentos tristes.

Las partidas sin regreso, los lugares vacíos en la mesa, los fracasos solistas y corales en un país de sobresaltos.

Pero esos momentos, con el tiempo, se van quedando quietitos, adormecidos, tratando de volverse sombras para no doler.


Y están otros recuerdos, que guardamos en el secreter de nuestra cajita. En ese lugar donde nadie tiene acceso, donde las claves no están disponibles y que se irán con nosotros cuando nos vayamos.

Esos recuerdos son la sal de la vida, el condimento que nos diferencia de aburridos supernumerarios.

Están reservados para los que no queremos descubrir el truco del mago sino asombrarnos con su destreza, maravillarnos con su magia.

Esos magos pueden hacer que una señora sufra de taquicardia. O que un galán maduro advierta una erección.


La vida es tiempo.

Tiempo y memoria.

No hay que explicarla. Sólo vivirla.

Pero esto, como tantas cosas, las aprendemos de grande.

Y por eso, hoy como ayer y como siempre, es importante que sepamos que allí, en la memoria, está nuestra maravillosa cajita de recuerdos.

Pero también que aun nos quedan recuerdos por venir.

 

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