Los tiempos cambian, no hay dudas. Leo la noticia: “Cristina nombró a Isabel Sarli Embajadora de la Cultura Popular”.
Y agrega: “La señora Isabel Sarli es considerada una verdadera representante de la cultura nacional, tanto por sus dotes de actriz cinematográfica, como por estar considerada un icono popular de su época".

Los tiempos cambian, no hay dudas.

Leo la noticia: “Cristina nombró a Isabel Sarli Embajadora de la Cultura Popular”.
Y agrega: “La señora Isabel Sarli es considerada una verdadera representante de la cultura nacional, tanto por sus dotes de actriz cinematográfica, como por estar considerada un icono popular de su época".

Dice más: "Que en ese marco, la señora Isabel Sarli resulta una figura insoslayable, a la hora de ensalzar los valores éticos y culturales, al representar la síntesis de la imagen que la República Argentina desea proyectar al mundo".

Reitero: los tiempos cambian.
Ocurre que si retrocedo en mi memoria, me veo con 15 o 16 años  en un cine al aire libre (¿sería el Paraiso ubicado en la calle Belgrano o el Español que estaba en Trinidad sobre la calle O` Higgins?).
Me veo acompañado por una pandilla de cinco o seis jovencitos como yo que mezclados entre el público no podíamos sacar los ojos de esa pantalla que exhibía una película super prohibida en horario de trasnoche.
Allí estábamos los mosqueteros del amor onanista, asombrados ante tanta mujer que exhibía los más perfectos pechos que pudiéramos haber imaginado.
Un cuerpo espectacular y totalmente natural. Nada de cirugía ni plástico.

Si, era admirable la Sarli.
Mi mamá se indignaba cuando la nombraban porque decía que por ella Armando Bo dejó a su esposa.
Mi padre, en cambio, la exculpaba:
-Es sólo una pobre chica en manos de un vivo como Bo.
La pareja Bo-Sarli siempre fue polémica.
Eran tiempos de adustos militares y la censura se ensañaba con ellos.
Hoy, que han pasado tantos años, aquellas escenas abundantes en bellos paisajes, agua, música del litoral y abundancia de cuerpo desnudo pueden verse hasta en la televisión.
Isabel era, por donde se la mirara, una hermosísima mujer.
Pero también hay que decirlo, era una pésima actriz. Sin deseos de halagarla, una de las peores que dio la cinematografía mundial.

Ese cuerpo monumental, exhibido siempre con gran generosidad no coincidía con una vocesita que exclamaba angustiada: “¿Qué pretenden de mi?”, mientras se retorcía espasmódicamente con las ropas desgarradas ante siete obreros de un matadero que no pretendían hablarle del amor ni enseñarle a rezar precisamente.


Años más tarde, aquellas películas pasaron a ser casi “objeto de culto” y llegaron a tener un público ávido en los mercados centroamericanos. Pero en aquellos años 60 eran filmes especialmente hechos para un público de trasnoche, integrado por muchachitos como nosotros, obreros y empleados que venían de dejar a sus novias en casa y algún viejito viudo.
Y era infaltable la risa generalizada cuando cuándo en medio de la oscuridad de la sala alguien miraba al vecino de butaca y gritaba:
-¡Pajero!

Estas eran las películas de Isabel Sarli.
Sin duda una actriz popular.
Pero suena como un poco mucho leer esa parte del decreto que dice: que “la señora Isabel Sarli resulta una figura insoslayable, a la hora de ensalzar los valores éticos y culturales, al representar la síntesis de la imagen que la República Argentina desea proyectar al mundo".


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