De pronto las preguntas nos salen de adentro.

¿Dónde estuve? ¿En qué estúpidos encantamientos me distraje?

¡Ay..! Que bueno sería que este oficio de vivir fuera algo repetible.

Pero no hay ensayos posibles.

Todo es un continuo tránsito, un sucederse sin planificación.

De pronto las preguntas nos salen de adentro.

¿Dónde estuve? ¿En qué estúpidos encantamientos me distraje?

¡Ay..! Que bueno sería que este oficio de vivir fuera algo repetible.

Pero no hay ensayos posibles.

Todo es un continuo tránsito, un sucederse sin planificación.

Y de pronto nuestros días se van sin que hayan sido enteramente nuestros.

¿Cuántos días son verdaderamente nuestros al final de una vida?

Desde un almanaque el rojo nos guiña un ojo.

Pero yo no estoy hablando de uno de esos días pintados de rojo.

Yo hablo de un día cualquiera. Digamos, de un lunes. O quizás mejor un jueves.

¿Saben? Hay veces que se nos mete adentro la poesía de Horacio cuando dice: “este día sin sol es todo mío…”.

Y cuando eso ocurre el diario tiene, inexorablemente, un destino de tacho de basura, no enciendo la radio ni para saber si está lloviendo, reprimo este vicio de Internet y el televisor pasa a ser sólo un mueble.

Cuando eso ocurre es inútil que se gasten astrólogos y vendedores, ventajistas o usurpadores.

Las sirenas pueden enmudecer.

Y también los moralistas, los sabihondos, los falsos optimistas y los eternos amargados.

Cuando las raíces de nuestra esencia se nos pegan en el alma, es bueno tomarnos algunos francos.

Algunos de los tantos que le debemos a la vida.

Alguno de los tantos que consumimos aprendiendo inglés, discutiendo ideologías, haciendo dietas para adelgazar, pagando cuotas, eligiendo la licuadora, compitiendo con nosotros mismos.

Es hora de decir: respiren.

No esperen algo nuevo de mi en este día ni me rindan cuentas.

Mi mal genio está de vacaciones. Mis urgencias no han venido.

Pueden hablar de mí lo que quieran. Estaré ausente de mi.

Hasta mi ego puede hacer sus propios planes. El mérito no quiere seguir subiendo escaleras.

Y lo mismo ocurre con mis defectos y virtudes, mis dilemas e inquietudes.

En estos días sin sol es bueno ponerse bajo la ducha y lavarse de pies a cabeza.

Hasta que no quede ni el más leve signo de tristeza. Ni una brizna mínima de escepticismo. Ni una mueca siquiera de desencanto.

Es casi imprescindible hacer un balance y no mezquinarle a la columna del “debe”.

¿Sabe? Todos, tenemos cuentas pendientes con la vida. Tenemos cuentas pendientes con nosotros mismos.

Casi sin darnos cuenta fuimos perdiendo elementos constitutivos de la esencia humana.

Nos fuimos cercenando el derecho a la ternura, la vocación por la alegría, el deber de buscar la felicidad.

Fuimos dejando de lado palabras como esperanza, ilusión, entrega.

Nos olvidamos de convocar a la imaginación, nos negamos a identificar momentos mágicos.

En una palabra: nos endurecimos hasta desorientar a la vida.

Así se fueron acumulando cuentas personales.

Porque todos nos confundimos. O a todos nos confundieron.

Se nos fue la juventud acumulando cosas.

Nuestros hijos crecieron casi sin que nos diéramos cuenta, mientras nosotros estábamos distraídos pagando cuotas del auto, del televisor, de la casa, de la computadora...

Les salieron los primeros dientes y aprendieron a hablar y caminar mientras nosotros estábamos absortos tratando de crecer profesionalmente para poder pagar una planta de plástico, la última remera de marca, el teléfono celular.

Crecieron, estudiaron y hasta se graduaron mientras nos abrumábamos entregando horas de nuestras vidas para tener medicina prepaga, seguros, jubilación, un sitio en un cementerio, televisión por cable, tarjeta de crédito, libreta de cheques.

¿Saben qué fue lo más triste?

Creímos que eso era la vida.

Nuestros hijos crecían, nuestros padres se volvían viejos y con los hermanos nos reuníamos en Navidad.

Confundíamos a los amigos con los conocidos, a la risa con la alegría, al beso de mamá con la costumbre y a la charla con papá –cada vez más lejana- con la rutina.

Nos fuimos transformando en extraños con los afectos más cercanos y hasta habíamos eliminado de nuestro lenguaje palabras simples como “te quiero” o “te necesito”.

A todo esto, nuestra piel se fue arrugando casi sin caricias mientras el brillo de la mirada se apagaba.

Un  día cualquiera en lugar de revisar el resumen de cuentas del banco, indagamos en nuestro balance personal.

Y vemos que los besos de mamá ya no están. Que las charlas con el viejo no se repetirán. Y que hay hermanos que ya faltan a la mesa.

Es entonces cuando el sol desaparece.

 

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